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Historieta de amor.
 
 
Un texto de la gran escritora Graciela Cabal. Nacida en el barrio de Barracas de Buenos Aires. Trabajó como maestra y como profesora de literatura. Hizo
títeres, teatro para chicos, periodismo y guiones televisivos.
Fue Secretaria de Redacción de varias colecciones. Ha realizado tareas de
investigación sobre temas relacionados con la literatura infantil y la
mujer, presentando trabajos en seminarios y congresos y hace talleres de
lectura y escritura.
Es autora de la colección Los libros verdes de la Ecología; de varios
libros de la Colección Entender y Participar ( entre ellos Los derechos de
las mujeres ) y coautora de los libros de lectura Cosas de chicos I, II y III.
Cuentos y novelas: Jacinto, Barbapedro, La Señora Planchita, Gatos eran los de antes, Cosquillas en el ombligo, Las dos tortugas, Historia para nenas y
perritos, Cuentos de miedo, de amor y de risa, Cuentos con brujas, Doña
Martina, Papanuel, Cuentos para chicos y no tanto, Las Rositas (Segundo
Premio Concurso Anual Colihue de Novela para Jóvenes 1990).
Graciela Cabal
HISTORIETA DE AMOR
Rosa y José se casaron una mañana de primavera.
Rosa toda de blanco y con jazmines en el pelo.
José todo de oscuro y con un clavel en el ojal.
No tuvieron luna de miel porque eso cuesta dinero.
Pero el día del casamiento fueron al cine y después a una pizzería.
Y se sentían muy pero muy felices.
José trabajaba en una fábrica importante. Para llegar a la fábrica
tenía que tomar un tren y un colectivo.
Rosa no trabajaba. Bueno, era ama de casa: hacía la comida, limpiaba,
planchaba y atendía su lindísimo jardincito.
Rosa se levantaba antes que José para prepararle el mate, y se
acostaba después que José, para dejarle la ropa lista sobre una silla.
Rosa y José se pasaban esperando los sábados y los domingos.
Los sábados José arreglaba los enchufes, las cerraduras y todas esas
cosas que se desarreglan en las casas.
Los sábados Rosa hacía pastafrola y amasaba los tallarines para el día
siguiente (a José le caían como piedra las pastas compradas). Claro,
también limpiaba, planchaba y atendía su lindísimo jardincito.
Los domingos José la pasaba en la cama (sólo se levantaba para comer),
un poco porque estaba reventado de toda la semana y otro poco porque la
mamá de Rosa mucho no le simpatizaba.
Los domingos Rosa se levantaba antes que nunca, porque era día de
visitas. Y a ella le encantaba que su mamá -y sobre todo su suegra- le
dijeran cosas como:
"¡Qué ricos están los tallarines! ¡Nada que ver con los comprados!"
O si no:
"¿Cómo hacés para que te crezcan así las dalias? ¡A mi no me vienen
tan arrepolladas!".
Lo que a Rosa le ponía intranquila era cuando, a la hora del mate y la
pastafrola, su mamá, y sobre todo su suegra, empezaban a mirarla fijo y de
repente le preguntaban:
"¿Y los hijos, nena? ¿Qué esperan para los hijos?"
Un día a Rosa le pareció que estaba embarazada. Entonces fue al
hospital y el médico le dijo que sí, que estaba nomás.
El sábado siguiente, para festejar, Rosa y José fueron al cine y
después a una pizzería.
Y se sintieron muy pero muy felices.
Rosa quería una nena:
"Una nena para ponerle los aritos y los zoquetes con puntillas. Una
nena que me ayude un poco en la cocina..."
José quería un varón:
"Un varón, para jugar a la pelota y mirar las peleas por la tele. Un
varón que me ayude un poco con los enchufes y las cerraduras..."
La panza de Rosa crecía y crecía. Por demás crecía.
- ¡Pero señora! -la retaba el médico-. ¿Cómo es que usted viene con
semejante panza?
- Y... -decía Rosa, confundida-. Yo qué sé...
Un día el médico la revisó mucho a Rosa y entonces le dio la gran noticia:
- Mi querida señora -le dijo sacándose los anteojos-, usted no va a
tener un hijo -acá el médico hizo un silencio, sacó el pañuelo y tosió con
energía, porque a él le gustaba impresionar a las mujeres-. ¡Usted va a
tener dos...!
A Rosa el corazón se le subió hasta la boca y después le volvió a bajar.
Y salió del hospital sacando la panza afuera, para que se notara bien
cuánta panza tenía.
José se puso tan contento pero tan contento que ese domingo, cuando
llegó la mamá de Rosa, le dio un beso en cada cachete y la convidó con
vermú y aceitunas.
"Dos nenas", decía Rosa, "para ponerles los aritos y los zoquetes con
puntilla. Dos nenas que me ayuden un poco en la cocina..."
"Dos varones", decía José, "para jugar a la pelota y mirar las peleas
por la tele. Dos varones que me ayuden un poco con los enchufes y las
cerraduras..."
Y nacieron los mellizos: una nena y un varón.
José le regaló a Rosa una caja de bombones finos y un enanito de jardín.
Las abuelas se encargaron de los pañales porque ellas eran de regalar cosas
prácticas.
"Se llamará Rosa, como la madre", dijo José mirando a la nena.
"Se llamará José, como el padre", dijo Rosa mirando el varón.
A la nena la vistieron de rosado, le abrieron las orejas con aritos de
perla y le regalaron una muñeca rubia.
Al varón lo vistieron de celeste, lo pelaron bien peladito y le
regalaron una pelota blanda.
El tiempo fue pasando.
Rosa y José estaban orgullosos de sus hijos que crecían sanos y
cachetudos.
José ahora se levantaba antes, para ahorrarse el colectivo.
Rosa también se levantaba antes, para prepararle el mate a José y
ocuparse de los mellizos.
En la casa había más trabajo y menos dinero.
José empezó a hacer changas por el barrio, los sábados y los domingos.
Rosa se puso a plantar tomates y rabanitos y radicheta en un rincón
del jardín, y a tejer para afuera.
Cada vez resultaba más difícil ir al cine.
Y la pizza la hacía Rosa en casa. Pero no era lo mismo.
El día que los mellizos cumplieron los nueve un montón de chicos del
barrio fueron a la casa.
También fueron las abuelas: cada abuela con una torta.
Una torta de color rosa y en forma de corazón, con sus flores de azúcar.
Una torta de color celeste y en forma de cancha de fútbol, con su arco
y sus jugadores y su pelota de chocolate.
Los chicos tomaron naranjada. Los grandes tomaron cerveza. Y todos
aplaudieron como locos cuando Rosita y Pepito apagaron las velas.
En ese momento Rosa y José pensaron que habían tenido mucha suerte en
la vida.
Y se miraron.
Pero no se dijeron nada porque ellos no eran de hablar.
Una noche José llegó furioso a la casa. Y se fue a dormir sin comer (y
eso que había puchero con garbanzos y todo).
Rosa dijo: "No molesten al padre. Algo le pasó".
Y no se animó a preguntar porque tuvo miedo.
Al otro día José se quedó en la cama. Y Rosa le llevó el mate en
bandeja, como si fuera domingo.
Entonces José le dijo a Rosa que la fábrica había cerrado. Y Rosa se
puso a llorar.
José también hubiera llorado, pero se acordó eso de que los hombres no
lloran.
-Está frío el mate -dijo José-. Es la primera vez que me das un mate frío.
A la hora de la cena, José dijo que, mientras él no consiguiera
trabajo fijo, iban a vivir de changas. Y que había que dejarse de lujos y
de macanas.
-¿Qué lujos? Si nosotros... -empezó a decir Pepito.
Pero Rosa lo miró al hijo con cara de decir que a ver si cerraba el
pico, ¿o no lo veía a su padre, lo mal que estaba?
Hubo un silencio.
Entonces Rosa dijo que bueno, que estaba bien, pero que a lo mejor
ella podía conseguirse algún trabajo.
José la miró serio.
-Escuchame bien, Rosa -le dijo-. Acá el único que trae el pan a la
mesa soy yo. ¿Te quedó claro?
Y después agregó, con una risita fea.
-Además, Rosa... ¿Me querés explicar de qué vas a trabajar vos? Si no
sabés hacer nada... Ja...
Hubo otro silencio, largo.
Entonces Rosa se levantó, sacó del horno las manzanas que había
preparado de postre, las roció con el caramelo que estaba en el fondo de la
fuente, abrió la heladera, sacó el tarro de dulce de leche, puso una
cucharada bien gorda arriba de cada manzana, y después, con mucho cuidado
para que no se desarmaran, las fue tirando una por una al tacho de la basura.
-Algunas cosas sí que sé hacer...- dijo Rosa-. Además, con probar...
Rosa le encargó a la nena que se ocupara de la comida de la noche. Al
fin y al cabo ya era casi una mujercita.
Y José le encargó al varón que se ocupara de arreglar los enchufes y
las cerraduras y esas cosas que los varones arreglan en las casas. Al fin y
al cabo ya era casi un hombre.
Así fue.
La primera noche el menú resultó un verdadero misterio.
Se trataba de algo pastoso y agrio, pero nunca se supo qué (Rosita
sabía, claro), porque, además, comieron a la luz de la vela.
-Yo solamente quise arreglar el velador -dijo Pepito, de lo más
llovido-, y de repente ¡plaf!, nos quedamos a oscuras.
La segunda noche comieron -es un decir- milanesas con puré. Negras por
fuera y crudas por adentro salieron las milanesas, y el puré parecía agua
de charco.
Lo peor fue que, para comer, hubo que entrar por la ventana.
-Yo lo único que quise fue arreglar la cerradura- dijo Pepito muy
mortificado-, y no sé, algo ¡cric!, se me atrancó.
Rosa y José se pusieron nerviosos, muy nerviosos.
José gritó que todo esto pasaba porque la madre no estaba en la casa.
"¡Y cuando una madre no está en la casa...!"
Rosa gritó que la madre no estaba en la casa porque el padre no tenía
trabajo fijo. "¡Y cuando un padre no tiene trabajo fijo...!"
Los chicos no dijeron nada pero pensaron que era culpa de ellos. Y
como tenían ganas de llorar, lloraron. (Pepito también lloró, porque no se
acordaba bien eso de que los hombres no lloran.)
Todos se fueron a dormir con la panza vacía y el corazón hecho un trapo.
Es que el hambre pone mal a la gente. Sobre todo cuando escasea el
trabajo y las luces no encienden y las puertas no abren y etcétera, etcétera.
Al día siguiente, sin mirarse ni dirigirse la palabra, Rosa y José
salieron por la ventana, lo que no dejaba de tener su gracia, especialmente
para los vecinos.
Los chicos pensaban que la cosa se venía negra.
Entonces, como pasa cuando las cosas se vienen negras, tuvieron una
idea brillante.
Esa noche la cena fue espléndida: guiso para chuparse los dedos y arroz con
leche.
(Rosa y José felicitaron a Rosita.)
Además: ¡qué bueno era entrar y salir por la puerta, que no sólo
estaba arreglada sino que no hacía ese horrible chirrido de siempre! ¡Y qué
maravilla era apretar un botón o mover una perilla y que las luces se
encendieran y se apagaran a gusto!.
(Rosa y José felicitaron a Pepito.)
Habían llegado a lo mejor del guiso, cuando Rosa, que se revolvía
inquieta en la silla, dijo que tenía una gran novedad.
(Con la cuchara en el aire, José y los chicos la miraron a Rosa.)
Le ofrecían trabajo en el vivero de doña Asunta, siguió Rosa. Y ella
había dicho que sí.
(Con la cuchara en el aire, Rosa y los chicos lo miraron a José.)
- ¿Y fuiste capaz de decir que sí? -gritó José.
- ¡Fui capaz de decir que sí! -gritó Rosa.
- ¿Sin consultar ni nada? -gritó José.
- ¡Sin consultar ni nada! ¿Por? -gritó Rosa.
Esta vez hubo un silencio tan largo que daba miedo.
Hasta que, después de un rato, José dijo:
- Pero mirá vos, la señora...
Y hundió la cuchara en el guiso, porque tampoco era cuestión de
dejarlo enfriar.
Y fue recién por la mitad del arroz con leche, cuando volvió a hacerse
oír:
- No, si ahora va a resultar que soy un inútil...
Entonces Rosa se acercó a José, le dio un beso, y le dijo que no se
pusiera mal, que ya se iban a arreglar entre todos. Lo más bien se iban a
arreglar.
-¿No es cierto, chicos?
Y no agregó que a ella le encantaba la idea de trabajar en un vivero,
porque le dio una especie de vergüenza. Pero ya lo iba a decir... Seguro
que lo iba a decir...
Sin hablar los cuatro terminaron su arroz con leche. Y pasaron el
pancito hasta dejar el plato brillante, como era costumbre en la familia.
Y entonces Rosa se levantó para traer el mate.
Y José se levantó para prender la tele y, de paso, revolverle la
cabeza a la hija.
- Rosita, te juro -y José pensó que, en momentos así, nada mejor que
un buen chiste-: después de esta comida... ¡ya te podés casar! ¡Ja!
Pero Rosita lo miró seria al padre.
- No papá. La comida la preparó mi hermano. Yo solamente arreglé los
enchufes y las cerraduras...
Rosa y José abrieron los ojos y se miraron, con cara de decir "¿qué
disparates anda diciendo esta chica?".
Y después lo miraron al varón, que se encogió de hombros con cara de
decir: "¿a mi por qué me miran?".
Y después la miraron a la nena, que torcía la boca con cara de decir:
"¿y yo qué hice ahora?". Entonces Rosa, que era muy tentada, se largó a reír.
Y tanto se río que el agua del mate se le escapó por la nariz.
Y de verla tentada a Rosa se tentaron los chicos. Y hasta José se
tentó, aunque todavía estaba un poco triste, bastante molesto y
completamente confundido.
El sábado siguiente, con un adelanto que pidió Rosa en el vivero y un
poco que las abuelas guardaban por cualquier desgracia, los cuatro se
fueron al cine.
Y después a comer pizza en una pizzería.
Cierto que a Pepito le salía más rica. Pero no era lo mismo.